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Familia Ortiz/Sarratea
CASAS DE OTROS TIEMPOS
Por la Docente, Investigadora e Historiadora Alvearense, Profesora Lis Solé
Por: Prof. Lis Solé
CASAS DE OTROS TIEMPOS

Una casa antigua ha sido, en verdad, un lugar testigo de acuerdos y desamores, de luchas y páginas de vida imposibles de enumerar que al no estar escritas desaparecen con el tiempo.


Su innegable existencia remonta a historias imaginadas no sólo por sus habitantes sino también por los vecinos o los que han conocido la historia familiar ya que son parte de la identidad de un pueblo; es historia presente, la explicación del ser y lamentablemente, cuando una de ellas es demolida, esa esencia se desvanece.


Estas casas señoriales, son esos lugares que quieren ver los que han emigrado, los que añoran los que están lejos pero muchas veces, no son valorizados por los que pasan todos los días y que no alcanzan a ver más que una casa descuidada.


Bien cierto es que se habla de quienes se relacionaron con ella y se remite, indelegablemente a la comunidad en general, a los que participaron en su construcción, con historias olvidadas de hornos de ladrillos, de herreros, albañiles o carpinteros que construyeron esas casas de calidad, de una durabilidad “para siempre” con sólo sus manos y un poco de barro, pero con tanto esmero que llegaron a ser centenarias y eternas si tuvieran el mantenimiento adecuado.


UNA CASA MÁS QUE CENTENARIA


La casa en cuestión, ubicada entre las actuales calles Wallace y Alsina, fue construida en 1914 por Manuel Ortiz y su esposa Juana Ana Sarratea, apellidos alvearenses tradicionales pero que, -arrendada por mucho tiempo-, provocaron el no merecido desaliño.


En realidad, la historia del lugar se remonta antes de su construcción cuando en 1870 los primeros dueños son, curiosamente, dos mujeres: RUFINA ÁVALOS y Genara Aguilar.


Rufina compra la propiedad el 23 de junio de 1897 con la intervención del funcionario Benítez y es donde vive GENARA AGUILAR hasta 1908 aunque seguramente en una casa anterior, quizás de paredes de barro y techo quinchado.


Genara había nacido en 1863 en Argentina y tenía en ese momento 45 años, censada en esa dirección, en Alvear, en 1895 y de alguna manera, emparentada con la familia Ortiz porque al fallecimiento de la viuda Juana Sarratea de Ortiz, en 1939, heredan las dos hijas del matrimonio Ortiz/Sarratea más una Sra. llamada CECILIA AGUILAR.


EL MATRIMONIO ORTIZ/SARRATEA


MANUEL ORTIZ (1869-1926) y doña JUANA SARRATEA (1880-1932).


Manuel Ortiz nació en 1869, hijo de Luis Ortiz y Susana Fernández, ambos domiciliados en España y que al parecer, nunca vinieron a Buenos Aires.


Señor de impactantes ojos claros, se dedica al comercio estableciendo relaciones con otros empresarios de la época.


Era muy común en esos tiempos el tradicional matrimonio entre españoles con parejas que se conocían en las reuniones de la Sociedad Española o en las romerías, en enlaces muchas veces convenidos o buscados por los mismos padres de los novios.


Convenido o no, Manuel Ortiz se enamora de Juana, una bella y delgada morocha, una esbelta vasco francesa argentina, doña Juana Ana.


Se casaron en Alvear el 12 de agosto de 1903, en la primera Capilla Católica que se encontraba donde actualmente está la Municipalidad cuando él tenía 34 años y ella, 23. Sus padrinos fueron los españoles Pío Ortiz de 62 años y Juana Arostegui de Sarratea de 55, la madre de la novia. Sin dudas debe haber sido


una boda esperada por toda la familia como lo ameritaba el maravilloso vestido bordado con delicadeza y esmero que pronosticaba un próspero porvenir.


Juana era hija del vasco francés Pedro Sarratea y Juana Arostegui, española. Juana y Pedro Sarratea tienen 7 hijos: 6 mujeres y un solo varón al que llamarían también Pedro Sarratea, casado en General Alvear con Antonia Burcaizea, padres de Pedro, Juana Raquel y Nelly Ester (Nelucha) Sarratea Burcaizea.


En 1908, Manuel Ortiz, hereda la casa de Genara Aguilar y con Juana, comienza a construir la casa finalizada en 1914, ya cuando el matrimonio tenía dos nenas nacidas: SUSANA ALICIA “Chola” Ortiz Sarratea y MARÍA ESTHER Ortiz Sarratea recordada por el vecindario de General Alvear como doña “COTA” Ortiz casada con Evaristo Ortiz (1893-1945).


“Cota”, nació el 22 de julio de 1904 y Susana Alicia, el 30 de septiembre de 1907, ahijada de Hilario Renovales y de la tía Felipa Sarratea.


La familia vive en la casa sin sobresaltos hasta el fallecimiento de Manuel, una aciaga mañana de abril de 1926 cuando era atendido por el Dr. Bernardino Althabe por una infección generalizada.


Allí queda Juana con sus dos hijas hasta que fallece seis años después, en 1932, a los 52 años. En 1939, la casa pasa bajo el condominio de Cecilia Aguilar y las dos hijas Ortiz/Sarratea.


ILUSIONES DE AMOR


Ubicada a tres cuadras de la Plaza principal sobre la calle Bernardo de Irigoyen y esquina Juan María Gutiérrez, hoy Intendente Tomás Wallace, la enorme casa se alzaba en un solar de 43 metros de lado.


Más allá de sus medidas y números, impacta su altura, los materiales de primera calidad que reflejan el ánimo e ilusiones de quienes la construyeron, la intención de construir una casa que durara para siempre.


La vivienda familiar se encontraba en el límite de terreno sobre Bernardo de Irigoyen. No era una casa chorizo. Al frente daban tres ventanas y una puerta cancel que llevaba a las dos primeras habitaciones y para el fondo, la cocina y la tradicional galería cubriendo una superficie total de 92 metros cuadrados.


La señorial casa, muy alta y sobre elevada de manera tal que ni la inundación del 57 le llegó, tenía18 metros de frente y mantuvo hasta su demolición la tradicional vereda de ladrillos rematada con cordón rectangular de piedra San Luis, tal cual lo dictaminaba la Ordenanza Municipal de ese momento.


La puerta cancel de dos hojas, con llamador, buzón de cartas y picaportes de bronce, daban paso a un pasillo con mosaicos calcáreos que repartía la casa en dos partes: a la izquierda el comedor y la cocina y hacia la derecha, dos piezas con un baño. Todo de la mejor calidad. Su carpintería, los tirantes y tablas de pinotea, pisos y chapas se mantuvieron impecables hasta la demolición.


Con paredes anchas de 40 centímetros de ancho asentadas en barro, la propiedad fue finalizada en 1914, sobreviviendo al tiempo y al descuido por más de cien años.


EL NEGOCIO DE LA ESQUINA


Ya casi olvidado por su demolición temprana, el vecindario más antiguo recuerda el negocio que había en la esquina de la actual calle Wallace.


De los mismos dueños, la construcción de la esquina, con fecha de terminación en 1890, tenía 93 metros cuadrados, -un metro más que la casa-, pero construida 24 años antes, en épocas de Rufina Ávalos cuando la adquirió en 1887.


Como los negocios de fines de siglo XIX, contaba con frente en ochava y una sola puerta doble; en los lados una ventana con banderola y sobre calle Irigoyen, una construcción más baja con puerta simple. No consta la presencia de un baño lo que hace pensar lo de siempre: el baño afuera para evitar malos olores.


En total, tres habitaciones, una cocina y el local para este comercio, -quizás el primero donde trabajó don Manuel Ortiz-, que se encontraban en “mal estado de conservación” según la inspección ocular de 1940 sobre una superficie total de 26 X 43 metros, la mitad del solar que ocupaban cada una de las dos construcciones.


LA CASA FAMILIAR DE JUANA Y MANUEL


En la foto de casamiento se ve una hermosa pareja; ella enfundada en un traje de novia negra, de raso y bordado con canutillos y lentejuelas que brillaban tanto como los ojos claros del novio. Flaquísima y serena, el pelo recogido y casi sin joyas, una reina con el abanico en sus manos, tan necesario para ayudar a las novias a mantener la respiración ante el calor y el suplicio del apretado corset.


El novio, impecable. Con saco de doble abotonadura cruzado, camisa con gemelos y cuello con moño, con muy poco cabello pero con unos admirables bigotes típicos de una época que consideraba que “un hombre sin bigote deja de ser un hombre” ya que, -como decía el poeta Guy de Maupassant-, la barba casi siempre da un aspecto desaliñado pero “… el bigote se hace imprescindible en una fisonomía viril”.


¿Quién puede asegurar el amor existente en la pareja? Sin dudas la existencia de la tumba inmaculada en el Cementerio de Alvear que tiene una hermosa lápida de mármol blanco donde reposa una señora dormida muy blanca, en paz junto a su marido.


En la placa cariñosa, se lee el nombre de sus dos hijas Cota y Chola; “Cota” se casa con Evaristo Ortiz y se muda a la propiedad que se encontraba enfrente de la Comisaría actual, sobre calle San Martín, donde reside en sus esporádicas visitas a Alvear pero donde vive la tía Paula Sarratea, una de sus cuñadas.


Cota se encarga de la administración y alquiler de la casa familiar y cada vez que venía a Alvear, visitaba a los inquilinos para cobrar la renta a quienes llamaba golpeando levemente la ventana.


LA TAN TEMIDA DEMOLICIÓN


Sobre una loma y además más alta que la calle, tampoco la inundación llegó hasta ella. Pero sin mantenimiento, de a poco, cada vez se veía más fea y desaliñada. Sus ladrillos a la vista se fueron llenando de moho, se destrozaron las ventanas y desapareció la hermosa puerta cancel que fue reemplazada por tablas mal puestas. La vereda de ladrillos, prolijamente rematada en piedra, fue desapareciendo bajo centímetros de tierra y se percudieron los mosaicos calcáreos.


Con tanto descuido y la falta del amor que inspiraron a Juana y Manuel, la llegada de la tan temida demolición era casi esperada.


Ni los brillos del hermoso vestido de novia reflejados en los ojos claros de Manuel ni el dulce perfume de los malvones en macetas en la larga galería de pisos de colores pudieron mantener en pie la casa de sus sueños.


Su elegancia jamás será igualada por las construcciones actuales y las rejas forjadas ya no podrán remitirnos a esos artesanos que, con sus flores y arabescos nos envían aún hasta hoy, su visión esperanzada de un bello y venturoso porvenir.



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